lunes, 12 de julio de 2010

Bartleby acecha

LA PÁGINA EN BLANCO

- Me siento frente a la página en blanco, no veo nada. Ni quiero mirarla. Me rasco.
- De repente, aparecen palabras, imágenes, voces, recuerdos, hombres, mujeres, momentos, ideas, conceptos que intentan mezclarse, tejerse.
- Me enredo, me atranco, los hilos se confunden y se vuelven nudos.
- Como buena niña tonta, busco ayuda (a la mamá, los amigos…). Ellos me escuchan pero yo misma no me escucho ni los escucho: Soy un nudo ciego.
- Me detengo y observo los hilos, trato de identificar el inicio, nudo y desenlace de cada uno de ellos.
- Debo aceptarlo: ¡Es un Nudo!
- Entonces, imaginariamente, le sigo la pista a cada uno, me los imagino dándose vueltas y vueltas entre sí, apretándose y aflojándose, volviéndose mierda, apretándose hasta los intestinos, enredándose más la lanuda vida…
- Cojo uno, intento seguirle la huella; deja pistas, las veo, logro un truco para sacarlo, y luego… ¡ya está! sale, encrespado, doblado de los apretones, pero lo veo, frágil, de un color definido, azul y amarillo, un poco sucio pero sale a flote, el poderoso hilo.
- Observo el hilo, lo toco, lo pruebo, lo muevo, me cubro con él, lo describo: me cuenta una historia.
- Tengo cuerpo. Tengo un cuerpo.
Cuántas veces le he declarado mi amor…

Literatura

ANACRONIAS, O DE LAS MELODÍAS PROFANAS

Al darme nombres no sólo me grabaron con letras, también lo hicieron con carne y sangre, con la historia de un perpetuo silencio y con un odio ambiguo hacia todo lo humano y lo divino. Por extrañas razones olvidaron otorgarme un tiempo (uno para esto y otro para aquello, exacto), y entonces apareció Charlie Parker, me mostró la multiplicidad del tiempo un sonido con sabor a universo; lo probé, y el jazz quedó instalado en donde diástole y sístole habitan el caos de mi cuerpo.

Y entonces mi sangre se hizo movimiento. Un hombre de piel oscura me dio tres vueltas, con su afro y sus vestidos azules al viento danzó el ritual de mi infancia. Janis Joplin, Jimi Hendrix y Robert Plant le gritaban que diera vueltas y vueltas conmigo hasta el ataque de las sonrisas. Entonces caía rendida en sus brazos y a continuación la danza se hacía palabras: el relato de Sergio Stepansky, canción de la vida profunda, Gonzalo Arango, no causaron tantos estragos en mí, como lo hicieron la Locura de Erasmo, el Satiricón de Petronio,
las noches blancas, el lobo de la estepa, Sancho Panza, Rabelais o Villon… O el subsuelo que ya me habita.

Sin embargo, un día vino Ariadna, y con ella el tiempo y el caos. No sabía que, quisiera o no, tenía que ceder a las garras del portentoso minotauro, no sin antes haber intentado escapar por alguna senda o encrucijada. Ahora permanezco en uno de los pasadizos más oscuros, esperando los pasos del dueño de Asterión. Sus huellas transitan lluviosas por mis ojos; un profundo temor por no decidirme a ver los atardeceres del laberinto. Algo me dice que a él le gusta jugar a las preguntas.

“¿Cuál es mi nombre?... Adivina quién soy”