ANACRONIAS, O DE LAS MELODÍAS PROFANAS
Al darme nombres no sólo me grabaron con letras, también lo hicieron con carne y sangre, con la historia de un perpetuo silencio y con un odio ambiguo hacia todo lo humano y lo divino. Por extrañas razones olvidaron otorgarme un tiempo (uno para esto y otro para aquello, exacto), y entonces apareció Charlie Parker, me mostró la multiplicidad del tiempo un sonido con sabor a universo; lo probé, y el jazz quedó instalado en donde diástole y sístole habitan el caos de mi cuerpo.
Y entonces mi sangre se hizo movimiento. Un hombre de piel oscura me dio tres vueltas, con su afro y sus vestidos azules al viento danzó el ritual de mi infancia. Janis Joplin, Jimi Hendrix y Robert Plant le gritaban que diera vueltas y vueltas conmigo hasta el ataque de las sonrisas. Entonces caía rendida en sus brazos y a continuación la danza se hacía palabras: el relato de Sergio Stepansky, canción de la vida profunda, Gonzalo Arango, no causaron tantos estragos en mí, como lo hicieron la Locura de Erasmo, el Satiricón de Petronio,
las noches blancas, el lobo de la estepa, Sancho Panza, Rabelais o Villon… O el subsuelo que ya me habita.
Sin embargo, un día vino Ariadna, y con ella el tiempo y el caos. No sabía que, quisiera o no, tenía que ceder a las garras del portentoso minotauro, no sin antes haber intentado escapar por alguna senda o encrucijada. Ahora permanezco en uno de los pasadizos más oscuros, esperando los pasos del dueño de Asterión. Sus huellas transitan lluviosas por mis ojos; un profundo temor por no decidirme a ver los atardeceres del laberinto. Algo me dice que a él le gusta jugar a las preguntas.
“¿Cuál es mi nombre?... Adivina quién soy”
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